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Claude Lévi-Strauss, Mitológicas IV, El hombre desnudo, Siglo veintiuno editores, México, 1976, p. 527.

 

M804 Quinault: las esposas de los astros.

Sorprendidas por la noche en la pradera donde recogían raíces comestibles, las dos hijas de Cuervo acamparon. Se tendieron una junto a la otra y contemplaron las estrellas. La menor deseó ser transportada a una estrella grande y brillante; la mayor prefirió una pequeña. Pero cuando se encontraron en el cielo la menor se dio cuenta de que su marido era un viejo en tanto que el de su hermana era joven y vigoroso. Para colmo, el viejo tenía los ojos legañosos y usaba los cabellos de su mujer para limpiarse el pus. La desventurada rogó a una araña que la hiciera redescender a tierra. La vieja convino, para cuando la cuerda que trenzaba fuese bastante larga. Pero la heroína se impacientó y quiso partir en el acto: la cuerda al desenrollarse la dejó suspendida en los aires. Después de varios días en esta posición inconfortable, murió y sus vestiduras primero, su esqueleto después, se disgregaron y cayeron en pedazos ante su casa natal. El padre reconoció los restos y convocó a todos los cuadrúpedos, aves y peces para que fueran a vengar a su hija al cielo.

Un pajarito no consiguió abajar del todo la bóveda celeste. Así que para poder alcanzarla hubo que suspender una cadena de flechas. Sólo el troglodita, "el más pequeño de los pájaros", logró aquello, guiado por Caracol, que tenía entonces vista aguda. De ahí que el águila pescadora o quebrantahuesos (fish hawk: Pandion haliaëtus) le pidiera los ojos y, encontrándolos buenos, se quedase con ellos. Desde entonces el quebrantahuesos tiene excelente vista, pero el caracol es ciego.

Aquí cae el combate de la raya y el cuervo, y luego el ascenso al cielo, donde hacía un frío glacial. Los animales quisieron calentarse, encomendaron sucesivamente al mirlo, el perro y el lince que robasen una tea al pueblo celeste, pero por razones diversas todos fracasaron. Castor tuvo más fortuna; trajo el fuego pero faltaba aún liberar a la chica mayor, ' que seguía prisionera.

Las ratas y los ratones royeron las cuerdas de los arcos del pueblo celeste, las cintas de sus vestimentas, todo lo que pudieron hallar en materia de ligaduras o ataduras. En el momento del asalto los enemigos no pudieron disparar flechas, ni sus mujeres vestirse para huir. Se reunieron con gran trabajo, contraatacaron a los terrestres y los hicieron huir. Hubo quienes volvieron a tierra por su escala, con la mujer que habían venido a liberar, pero la escala se rompió y dejó colgados del cielo a los últimos fugitivos, que allí se volvieron estrellas.